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Un rugido de gloria

Él lo tenía todo y lo perdió. Su caída fue dramática y aparatosa. Su vida pública fue documentada en todas partes. Todos sus pecados estuvieron expuestos y hubo abundancia en los portales amarillistas, para que el mundo los viera. Susurros, señalamientos con el dedo, desprestigio, cirugías y depresión.

Sin embargo, lentamente comenzó a regresar y nadie creía en él. Una lesión casi lo deja al borde del olvido, pero el Tigre perseveró a través de eso también.

El domingo pasado, el mundo fue testigo de un hecho deportivo jamás imaginado. Contra todo pronóstico y con la historia jugándole en completa adversidad, el mundo que lo había señalado fue testigo de cómo aquel golfista que había maravillado hasta al más escéptico, lo volvía hacer con aquella majestuosidad de hace 14 años. Aquella generación que hace años se sentó con sus papás viendo a Tiger ganar, ahora se sentaba con sus propios hijos mientras lo observaban como avanzaba en el liderato y hacia la sensacional remontada.

Al final fue un grito. Un rugido contenido por muchos años de frustraciones. En el nuevo festejo ahora estaban sus hijos que fueron testigos mudos de la desdicha de su padre en la última década, pero ahora lo estaban esperando jubilosos de verlo triunfar no sólo a través de los últimos 18 hoyos, sino también, de verlo superar todas sus calamidades. La madre que vio a su hijo tenerlo todo, y también verlo perder todo, también lo estaba esperando. Ella nunca se fue, por cierto. Las mamás casi nunca lo hacen.

Su historia tal vez no sea perfecta. Haber sido un grande es una cosa. Ser grande después de perder la gracia requiere el doble de trabajo y diez veces más coraje. Eso es lo bueno de la vida. Es por eso que mucho de nosotros tuvimos unas cuantas lágrimas el pasado domingo por la tarde.




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